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Saturday, February 21, 2004

Muertos que no hacen ruido
(borrador/fragmento)

Así comienza el cuento: encima de la tierra, negra y anegada como una piel sin cuerpo, cae nuevamente el agua. Tres días con lluvia han borrado toda forma conocida de medir el tiempo: la mañanas y las noches no existen, sólo el torrente inmisericorde, el cielo negro cubierto por una nata lechosa que en nada se parece a la neblina. Han traído los cuerpos y dos hombres se afanan en cavar un agujero, tienen las piernas hundidas en el barro. Pasa como si huyera una bandada de cuervos, parecen tener prisa, quieren irse, piensa Elías. De no ser por su presencia nadie recordaría el incidente: los hombres demasiado cansados en su tarea, desean terminar pronto y olvidarse también de lo ocurrido. Él, en cambio, lo tendrá presente todos y cada uno de sus días. Tiene seis años, es sordo y los demás lo creen idiota. Por eso lo dejan merodear, como si no existiera. Un rayo rompe en dos el cielo, baña de luz por un instante el claro del penal en donde los aprendices de sepultureros, por unos pesos, entierran a unos desdichados cuyo nombre desaparecerá hoy mismo de los registros del lugar. Fueron nada. Polvo serán. Elías piensa que el agua hace más tristes las cosas. No conocía a ninguno de los muertos, pero le parece que la escena es fea. Le causa dolor. Una punzada filosa en el pecho, como un pellizco. Se acerca a los cadáveres. Las caras golpeadas, llenas de sangre. Entonces se da cuenta: les han cortado las manos.
La sangre también se ha secado allí, en las muñecas truncas. Una costra reseca por la que pulula un ejército de hormigas, sedientas, ávidas, pinches hormigas que no respetan nada, ni siquiera la carne de esos tres.ya sin vida. ¡Quítate, escuincle baboso!, le grita el más gordo de los enterradores y lo aparta de un manotazo, ¡vete a ver si ya puso la marrana!, le dice el otro, el pellejudo y agarra su sombrero como arma, lo blande en el aire como un sable de paja. Elías nomás da tres saltitos hacia atrás, como quien no quiere la cosa y el par de inútiles vuelve a su tarea, las caras salpicadas de lodo, sucios hasta el pelo; hediondos, pues.
Aguadores y lecheros del agua hacen sus dineros, se dice Elías: así lo ha oído de su padre siempre en queja perpetua. Y mira con rencor a los hombres o lo que queda de ellos en la superficie tan llenos de barro y de profundidad como están ahora, cuando casi ya terminan esa tarea que los fastidia pero que les dará para unos tragos y un cigarro, quizá hasta para una vieja que aplaque la humedad.
La tierra abierta por las palas, suave de tanta agua, como una cicatriz recibió los tres cuerpos en una misma fosa. Plas, plas, plas, como tres costales húmedos cayendo al abismo. Luego un bulto de cal como si les cayera nieve. Elìas vuelve a asomarse, terco, y ve desaparecer el último rostro, el de hasta arriba mientras le cae el polvo blanco que pronto se ennegrece con el barro y el agua y las primeras paladas que lo cubren. Se van del todo, invisibles. Nada hay allí mas que tierra. Tierra encima de la tierra. Tan es así que si lo contara nadie iría a creérselo.
¿Y a quién, además, si sólo Quique y el Tigre lo entienden a medias, entre sus señas? Aún no conoce la libertad que será escribir al año siguiente, ya en primaria. Esa es harina de otro costal. Ahora es nomás Elìas, el tarado. Cuantimás que ni quien lo pele allí, en medio del hacinamiento. Otro escuincle de mierda al que dar de tragar, eso es él: una pinche lata.
Ni modo, ya se acostumbró a estorbar.
No es que la lluvia esté cayendo a destiempo, qué va. Apenas empiezan los diluvios. Es la hora, como todos los años, y vienen los meses más duros allá adentro, en la cárcel. Elías allí nació, no sabe de otro pesebre. Todavía no tiene la edad de los otros niños que salen todos los días al colegio. Nunca ha visto nada fuera de las paredes de concreto de El pueblito, como le dicen todos al lugar, más valdría llamarlo infierno, pero tampoco: al que come bien frijoles es pecado darle carne, dicen por allí. Bien les está, por cabrones, dicen los custodios y se llevan su lana.
Todo cuesta adentro. Mucha feria.
Ya no tiene gracia alguna seguir mirando. Se acabó la fiesta. Elías camina con lentitud, desea no llegar nunca a su carraca, hacerle el gesto de ya llegué a su jefa e irse a acostar. Hace muchas noches que no puede dormir. Le da miedo. ¿A qué?, se preguntará. Al sueño, a qué más habría de temerle sino a las pesadillas. O mejor: la pesadilla, una sola: el padre que en la noche, mientras él duerme, le corta la lengua y se la guisa con mucha cebolla ahí mismo, en la hornilla pequeña donde calientan sus escasas provisiones. ¡De por si ni te sirve!, le dice el padre, si así se le puede llamar al señor aquel en su camiseta sin mangas llena de grasa que ahora eructa. Elías grita, pero nadie lo escucha y siente la sangre que le resbala por el cuello y lo ensucia. Por eso no le gusta pegar el ojo, porque vienen prestas, las muy jijas, veloces, las repetidas imágenes de su única derrota: siempre la misma

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