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Saturday, February 21, 2004

MÚSICA Y LITERATURA (DIÁLOGOS ENTRE MÚSICA Y POESÍA).

Los poetas deben constituir el estudio esencial del filósofo que desea conocer al hombre.
Joubert, “Pensamientos”.

Los mitos crecen como los cristales, según su propia y repetida estructura; pero es menester que haya un núcleo propicio para que comience el crecimiento. Los espíritus mediocres o caprichosos carecen del poder de engendrar mitos. Pueden crear una moda, que, empero, pronto perece. Sin embargo hay visiones del mundo, como la pitagórica, que perduran y penetran el pensamiento y el vocabulario de los hombres. El término “filosofía” es de origen pitagórico; otro tanto ocurre con el vocablo “armonía” en su sentido más amplio.
La esencia y el poder de esa visión estriban en su carácter unificador, que todo lo abarca: une la religión y la ciencia, la matemática y la música, la medicina y la cosmología, el cuerpo, la mente y el espíritu, en una inspirada y luminosa síntesis. En la filosofía pitagórica todas las partes componentes están entretejidas: presenta una superficie homogénea, como la de una esfera, de modo que resulta difícil decidir por qué parte será mejor penetrar en ella. Pero la manera más sencilla de abordarla es la que brinda la música. El descubrimiento pitagórico de que el tono de una nota depende de la longitud de la cuerda que la produce y de que los intervalos concordantes de la escala se deben a simples proporciones numéricas (2 : 1 octava, 3 : 2 quinta, 4 : 3 cuarta, etc.) fue un descubrimiento que hizo época: constituyó la primera reducción de la calidad a la cantidad, el primer paso que se dijo hacia la matematización de la experiencia humana y, por lo tanto, al comienzo de la ciencia.
Aquí, antes de avanzar, hay que hacer una importante distinción. El hombre del siglo XXI mira con justificado recelo la “reducción” del mundo que lo rodea, de sus experiencias y emociones, a una serie de fórmulas abstractas, desprovistas de todo colorido, calor, significación y valor. Para los pitagóricos los números eran sagrados, pues representaban las ideas más puras, étereas e incorpóreas, y de ahí que el maridaje de la música con los números no pudiera sino ennoblecerla. El éxtasis religioso y emotivo producido por la música era canalizado por el adepto en éxtasis intelectual, esto es, en la contemplación de la divina danza delos números. Se reconocía que las gruesas cuerdas de la lira eran de importancia menor: podían estar hechas de diversos materiales, en varios espesores y longitudes, siempre que conservaran las proporciones; porque lo que produce la música son las proporciones, los números, la estructura de la escala. Los números son eternos, en tanto que toda otra cosa es perecedera. No tienen la naturaleza de la materia, sino la del espíritu; permiten operaciones mentales de la clase más sorprendente y deliciosa, sin referencia alguna al tosco mundo exterior de lo sensible. Y así como se suponía que funcionaba el espíritu divino. La contemplación extática de formas geométricas y de leyes matemáticas es, por ende, el medio más eficaz de purgar el alma de la pasión terrenal y el principal lazo que une al hombre con la divinidad.
En el universo pitagórico el disco se cambia por una esfera. Alrededor de ella, el Sol, la Luna y los planetas giran en círculos concéntricos, fijo cada uno a una esfera o rueda. La veloz revolución de cada uno de estos cuerpos produce el silbido o susurro musical en el aire. Cada planeta silbará con tono distinto según la proporción de su órbita respectiva, así como el tono de una cuerda depende de su longitud. De manera que las órbitas en que se mueven los planetas forman una especie de lira gigantesca cuyas cuerdas están curvadas en círculos. Así, Pitágoras pensaba que el intervalo musical formado por la Tierra y la Luna era de un tono; el de la Luna y Mercurio, un semitono; el de Mercurio y Venus, un semitono; el de Venus y el Sol, una tercera menor; el del Sol y Marte, un tono; el de Marte y Júpiter, un semitono; el de Júpiter y Saturno, un semitono; el de Saturno y la esfera de las estrellas fijas, una tercera menor. La resultante “escala pitagórica” es si, do, re bemol, fa, sol, la bemol, do, aunque varía ligeramente la representación de la escala, dada por diferentes autores.
Hay músicos que componen sobre la página blanca, en la inmovilidad y el silencio. Los ojos muy abiertos, creando por medio de una mirada tendida en el vacío una especie de silencio visual, una mirada silenciosa que borra el mundo para hacer callar sus ruidos, escriben la música. Sus labios no se mueven, incluso el ritmo de la sangre agota su tambor, la vida espera, la armonía va a llegar. Oyen entonces lo que crean en el acto creador. Ya no pertenecen a un mundo de ecos o de resonancias. Oyen los puntos negros, las corcheas, las blancas, caer, estremecerse, deslizarse, rebotar sobre el pentagrama. Para ellos el pentagrama es una lira abstracta, ya sonora. Gozan allí sobre la página blanca, de la polifonía consciente. En la audición real, las voces pueden perderse, ensordecerse, ahogarse; la fusión puede hacerse mal. Pero el creador de música escrita tiene diez oídos y una mano. Una mano para unir, cerrada sobre la estilográfica, el universo de la armonía; diez oídos, diez atenciones, diez cronometrías para escuchar, para tender, para regular el flujo de las sinfonías.
Hay también poetas silenciosos, silenciarios, poetas que hacen callar primero un universo demasiado ruidoso y todos los estrépitos rimbombantes. Oyen, ellos también, lo que escriben en el momento mismo de escribirlo, en la lenta medida de una lengua escrita. No transcriben la poesía, la escriben.
Ellos saborean la armonía de la página literaria en donde el pensamiento habla, y la palabra piensa. Saben antes de escandir, antes de oír, que el ritmo escrito es seguro, que la pluma se detendría por sí misma ante un hiato, que la pluma rechazaría las alteraciones inútiles, negándose a repetir tanto los sonidos como los pensamientos. Gracias a la lentitud de la poesía escrita los verbos vuelven a encontrar el detalle de su movimiento original. En cada verbo vuelve, no ya el tiempo de su expresión, sino el tiempo justo de su acción. Los verbos giran y los verbos que lanzan no confunden ya su movimiento. Y cuando un adjetivo viene a florecer su sustancia, a poesía escrita, la imagen literaria, no dejan vivir lentamente el tiempo de los florecimientos. Entonces la poesía es verdaderamente el primer fenómeno del silencio. Deja, vivo, bajo las imágenes, el silencio que atiende. Construye el poema sobre el tiempo silencioso, sobre un tiempo al que nada martillea, que nada urge, al que nada ordena, sobre un tiempo dispuesto a todas las espiritualidades, el tiempo de nuestra libertad.
Baudelaire en el prefacio de Pequeños poemas en prosa, señaló: “¿Quién de nosotros no ha soñado, en sus días de ambición, el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, bastante flexible y bastante conmovida para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”
En muchas ocasiones queremos que la imaginación sea la facultad de formar imágenes. Pero la imaginación es más bien la facultad de deformar las imágenes suministradas por la percepción y, sobre todo, la facultad de librarnos de las imágenes primeras, de cambiar las imágenes.
Así, gracias a la imaginación, nace la poesía, la música, el arte, las artes. Si no hay cambio de imágenes, unión inesperada de imágenes, no hay imaginación, no hay acción imaginante.
El pensamiento, al expresarse en una imagen nueva, se enriquece enriqueciendo la lengua. El ser se hace palabra. La palabra aparecen en la cima psíquica del ser. Se revela como devenir inmediato del psiquismo humano.
Benjamín Fondane escribió: “En primer lugar el objeto no es real, sino un buen conductor de lo real”. El objeto poético, debidamente dinamizado por un nombre pletórico de ecos, será un buen conductor del psiquismo imaginante. Para esta conducción hay que llamar al objeto poético por su nombre, su viejo nombre, dándole su justo número sonoro, rodeándolo de los resonadores que lo van a hacer hablar, de los adjetivos que prolongarán su cadencia, su vida temporal. Rilke bien lo señaló en Cuadernos de Malte Laurids Brigge: “Para escribir un solo verso, hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, sentir como vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecillas al abrirse por la mañana”. Cada objeto contemplado, cada nombre murmurado, son el punto de partida de un ensueño y de un verso, son un movimiento lingüístico creador.
La poesía es una metafísica instantánea. . Ella debe dar, en un breve poema, una visión del universo y el secreto de un alma, un ser y cosas, todo a la vez. Si sigue simplemente el tiempo de la vida, es menos que la vida; sólo puede ser más que la vida inmovilizándola, viviendo donde se encuentra la dialéctica de las alegrías y las penas. Ella es entonces el principio de una simultaneidad esencial en donde el ser más disperso, el más desunido conquista su unidad.
Mientras que todas las otras experiencias metafísicas exigen interminables prólogos, la poesía se opone a los preámbulos, los principios, los métodos y las demostraciones. Ella rechaza la duda. A lo sumo puede necesitar un preludio de silencio. En primer término, golpeando en los vocablos vacíos, hace callar la prosa o los trinos que dejarían en el alma del lector una huella de pensamiento o de murmullo. Luego, pasadas las sonoridades vacías, produce su instante. El poeta destruye la continuidad simple del tiempo encadenado para construir un instante complejo, para unir sobre ese instante numerosas simultaneidades.
Tiempo, ritmo, armonía, elementos comunes a la poesía y a la música. Poesía y música, dos fragmentos de un solo cuerpo: el espíritu humano.


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