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Saturday, February 07, 2004

Lo privado se ha vuelto totalmente público, lo banal objeto de la mirada de voyeur del hombre sin atributos del siglo XXI. Un programa televisivo español –versión condensada de The Truman Show- permite ver a once o doce individuos dentro de una casa con cámaras en cada uno de sus rincones –incluidos, por supuesto, el baño y las alcobas- y estos actores-reales sólo realizan el papel de vivir y amueblar las horas que le restan a su duelo. Los chats en internet permiten el más total de los anonimatos –uno puede ser cibertravesti por unos minutos- y la más total de las intimidades, justamente porque ambos –el programa de TV y los chats- han logrado que no exista forma alguna de contacto. La intimidad aséptica, podría decirse: no hay peligro alguno, se apaga la televisión o se sale de la red electrónica y uno vuelve al gran teatro del mundo –no ya el de Calderón, sino el de las confundidas historias de nuestra vulgar mendicidad que prefiguró Franz Kafka
¿Espiamos realmente al introducirnos en la casa de cristal –falllido experimento chileno en el cual una mujer podía ser vista por todos en una casa de vidrio haciendo su vida cotidiana- o simplemente reducimos a tal grado la vida que sus gestos más nimios y los más representativos adquieren el mismo valor: no valen ya nada?
Estas reflexiones vienen a cuento al leer la novela Disgrace de J.M. Coetzee, el espléndido escritor sudafricano nominado al Premio Nobel y hoy ganador por segunda vez del afamado Bookers Prize inglés que otorgan año con año los libreros del Reino Unido al mejor libro. La historia es, sólo en apariencia, simple, un profesor de 52 años divorciado por segunda ocasión y que es movido por el deseo –pero carece de pasión- seduce a una de sus alumnas y es expulsado de la Universidad por un comité de salud pública. A partir de allí –y en una visita a su hija que vive en el norte del país en una granja- la novela adquiere un tono de violencia soterrada que es en realidad la verdadera apuesta de Coetzee. Son asaltados en la granja y la hija violada queda embarazada y decide tener el hijo. En un universo multiracial enfrentarse a los hombres que la ultrajaron significa desaparecer. El profesor Lourie regresa a la capital para encontrarse con que su casa ha sido robada y saqueada sin misericordia. Sin embargo lo que asombra en el personaje es su condición de Bartelby –el personaje de Melville que se niega a actuar y repite insistente, preferiría no hacerlo- ante un tribunal de salud pública que intenta sacarle una declaración de defensa en la Universidad. Lourie se niega a contestar, se solaza en el silencio y sólo responde, sin haber leído la acusación, que todos los cargos que la estudiante ponga contra son verdad. El silencio es un derecho, el de no contaminar su vida privada con el escándalo público o, peor aún como en la Revolución cultural de Mao, en una retractación pública. Meses después, frente al padre de la muchacha que lo increpa con violencia: “No vale sólo una disculpa, profesor, ¿qué enseñanza extraemos de todo esto?”, Lourie confiesa, al fin, en privado y se disculpa con la familia. El título de la novela, entonces, no podría ser más adecuado: Desgracia, el estado en el que vivimos todos –hombres y mujeres del siglo XXI- ante el avasallamiento del poder público. Hoy ya no se necesita –como en los antiguos regímenes soviéticos- un vecino policía que me denuncie: todos nos miramos a todos y nuestras vidas personales, por valer lo mismo terminan por carecer de valor alguno.
Dickens decía que Caperucita Roja había sido su primer amor, cuando las experiencias literarias eran experiencias colectivas, sociales, compartidas. Hoy nadie ama a un personaje de cuento, carece de la carne de la realidad, de la blanda consistencia de la nada de la que todos estamos hechos

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