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Saturday, February 21, 2004

Coetzee, a sangre fría

Pedro Ángel Palou

La seriedad es, para cierto tipo de artista, un imperativo que une lo estético con lo ético, escribe John Michael Coetzee en su espléndido libro de ensayos, Giving offense, essays on censorship (1996). No cabe duda que él es ese tipo de artista o de escritor que evoca, para quien existe el compromiso (aunque la manida palabra signifique algo muy distinto en él). Y sin embargo ha sabido desde siempre que aunque su literatura plantee –quizá como en pocos escritores contemporáneos- preguntas morales de primer orden, no es su función darles respuesta. Por ello utilizó incluso ese vehículo, la ficción, cuando fue invitado a las famosas Tanner Lectures que promueve la Universidad de Princeton y su Centro Universitario para los Valores Humanos. Allí, lejos de la pretensión filosófica de los humanistas que ofrecen esas charlas, escribió un relato en dos partes, inventando a una novelista envejecida, Elizabeth Costello, quien lucha por evitar la la crueldad humana hacia los animales y paulatinamente evita cualquier contacto con humanos, especialmente los carnívoros. Los dos fragmentos del libro, Vidas de los animales: los filósofos y los animales y los poetas y los animales cuentan una historia, plantean preguntas, ahondan en los misterios del alma humana, en la perplejidad que provoca la vida. No pretenden hacerla más inteligible.
Coetzee nació en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, hijo de un abogado y una maestra y se crió en un ambiente bilingüe: hablaba Afrikáans con sus parientes y vecinos–la lengua de la mayoría de la población blanca de Sudáfrica-, pero en inglés dentro de casa y en todas las escuelas a las que asistió hasta graduarse en 1961 en literatura y matemática en la Universidad de Ciudad del Cabo, donde ejerce la silla Ardene de literatura desde hace varios años. Trabajó de 1962 a 65 como programador de computadoras en Inglaterra y finalmente vivió entre ese último año y 1971 en Estados Unidos, estudiando el doctorado en literatura en la Universidad de Texas en Austin y siendo profesor de la Universidad de Nueva York en Búfalo. Ha regresado dos veces como profesor invitado a la John Hopkins de Maryland en dos ocasiones (1986 y 89), pero desde 1972 vive en Ciudad del Cabo.
Dos años después de regresar terminó dos novelas cortas, El proyecto Vietnam y La narrativa de Jacobo Coetzee, publicadas en el volumen Dusklands. Ya allí estaba uno de los temas fundamentales de su literatura: el individuo enfrentado a la sociedad. La relación entre los poderosos y los desprotegidos que igual le preocupará en sus ensayos que en su brillante memoria, Infancia, escrita en tercera persona. Su primera novela, In the hart of the country (1977), en cambio, está escrita en primera, es el diario de una mujer que vive en una granja remota de Sudáfrica mientras contempla el mundo y la vida de las que ha sido excluida mientras se va volviendo loca. Del género del romance familiar Coetzee saca provecho para un relato sobre el poder colonial y sus excesos. En 1980 publica Esperando a los bárbaros, la historia de un magistrado y su evolución paulatina hacia el cuestionamiento del gobierno para el que trabaja (con la novela obtuvo en premio más importante de su país, el CNA; Central News Agency). Otra vez el funcionario de la justicia trabaja en un pequeñísimo puesto fronterizo, casi perdido. Terminará poniéndose del lado de las víctimas y yendo a la cárcel. El afán quirúrgico de la prosa de Coetzee disecciona el corazón del hombre ante los extremos, como lo hará con Vida y tiempos de Michael K (1983, ganadora nuevamente del CNA y del Bookers Prize), una historia dentro de la guerra civil. En ella, a mi juicio, Coetzee afiló sus dos instrumentos más letales: una aparente frialdad en la prosa, conseguida a través de frases breves de una precisión casi transparente, desadjetivada (“tan purificadora para los sentidos que una piensa al terminarla que la mirada ha sido afilada y el oído vivificado”, opinaba Cynthia Ozcik en el New York Times Book Review) y una intensidad conseguida al enfocarse en los actos narrador y no en la descripción. La historia es simple y cuenta el periplo de Michel K –y su labio leporino- trasladando a su madre agonizante, Anna, a la vieja granja familiar. La madre, sin embargo, muere en el trayecto, abandonándolo. Es hecho prisionero dos veces y escapa, con la idea fija de vivir dignamente. En 1986 publica Foe, una reinvención –como la de Tournier- de la historia de Robinson Crusoe (Cruso –amante de Susan Barton- ha muerto y su sirviente, Viernes no puede hablar así que le pide en 1720 a Daniel Foe que le cuente su historia, aunque Foe termine por narrar otra), una novela sobre la tiranía de la narración que continuaría en 1994 con El maestro de Petersburgo, situada en 1869, cuando Dostoevsky regresa de Alemania a San Petersburgo ante la muerte de su hijastro. El evento le sirve a Coetzee para discutir las misteriosas relaciones entre la vida y el arte y, sobre todo, para devolvernos una imagen caleidoscópica de Dostoevsky (ingenuo y calculador, perverso y piadoso, cruel y compasivo). Entre ambas publico La edad de hierro, una novela tremenda, comprometida hasta el tuétano (quizá la más política de todas las suyas). La protagonista, la señora Curren es una profesora jubilada que muere de cáncer –otra vez escrita en primera persona bajo la forma de una larga carta a su hija que vive en Estados Unidos y ha huido del apartheid. En sus últimos días decide recibir a un alcohólico y vagabundo que aparece tirado ante su puerta mientras Bekchi, el hijo de su sirvienta se ve envuelto en un levantamiento y ayuda a su madre en la búsqueda sólo para hallar al hijo balaceado. Recibe a otro amigo que será asesinado en su propia casa mientras la Sra. Curren se ve forzada a enterarse del otro cáncer, el que vive su país. Su única compañía termina siendo el alcohólico que se compromete a entregar la última carta a su hija.
Necesité este apretado resumen de la narrativa de Coetzee para dar a entender la gran empresa que significa su más reciente novela, Desgracia. David Lurie, antiguo profesor de inglés (especialista en los poetas románticos) ha tenido que dar clases en el nuevo departamento de comunicación –el suyo desapareció ante los estudios culturales- y es expulsado de la Universidad de Ciudad del Cabo después de tener un romance con una aluma (Melanie Isaacs) que lo acusa de acoso sexual y violación. Lurie va a vivir (otra vez a una granja alejada) con su hija Lucy donde son atacados por tres hombres negros en la Sudáfrica post-apartheid (a él le prenden fuego después de empaparlo con líquido para encendedores y a ella la violan). Al regreso a Ciudad del Cabo pasa por la casa de los padres de Melanie, en una de las escenas más memorables de la narrativa de Coetzee (es invitado por el padre, que ahora comparte su desgracia, ambos tienen hijas que han sido violadas, aunque Lurie realmente haya seducido a su alumna). Su departamento ha sido robado y destruido y regresa a Cabo Este con su hija que está embarazada como resultado de la violación y ha aceptado casarse con el agresor, sólo de facto, para poderse quedar con la granja. Lurie alquila una casa mientras espera el nacimiento de su nieto, escribe un libro que ha proyectado toda su vida sobre la amante de Byron y ayuda a una amiga de su hija a aplicarle la eutanasia a perros indeseados. Hasta aquí la trama. La novela, como todas las de Coetzee, empieza exactamente cuando la hemos terminado y cerramos el libro.
Sangre fría, disección, precisión clínica, prosa sólo aparentemente aséptica. Son las cualidades más sobresalientes de la novela más molesta de Coetzee. Porque no sólo trata sobre la pérdida de poder y de control –sobre la vida, sobre los valores- o sobre los blancos en una Sudáfrica ya no gobernada por blancos, sino sobre un profesor de literatura clásica en un mundo donde los únicos valores son la juventud, el comercio y el futuro. El mejor parlamento de la novela es el de la hija al justificar su aceptación de la desgracia, pensando que se puede empezar de nuevo siendo una mujer blanca: “a nivel de tierra. Sin nada. Pero no sólo con nada. Con nada. Sin carta alguna, sin armas, sin propiedad, sin derechos, sin dignidad. Como un perro”. Otra vez el escalpelo de Coetzee explorando en el corazón humano, especialmente cuando tiene que reaccionar ante las situaciones más extremas, incluso cuando ya no hay nada humano en esa reacción. La antisentimentalidad de J.M. Coetzee en su más alto poder como escritor. No hay juicio moral, a pesar de lo que pueda pensarse, quizá porque el novelista sudafricano se ha dado cuenta que en estos tiempos –en su país, pero en muchos otros arrasados moral e ideológicamente en sus identidades por el neoliberalismo globalizante- no existe nada ni nadie que nos haga distinguir entre el odio y el amor. No por nada esta novela ha sido comparada con En el corazón de la noche (o de la oscuridad), de Conrad. Sin embargo Kurtz en la novela del polaco es destruido más allá de lo civilizado y Lurie se reinserta en el nuevo salvajismo. Han llegado los bárbaros, al fin, parece decirnos con escepticismo Coetzee.
Y aquí regreso, sólo para finalizar, a Infancia (Boyhood, scenes from provincial Life). Los dos temas fundamentales de la memoria son lo alejado que el niño está de la cultura Afrikaner y la incomodidad ante las obligaciones del amor a los padres –ambos, aunque el padre salga más mal parado. La autobiografía nos sugiere, poderosamente, que las convicciones políticas tienen menos que ver con la ética que con nuestra noción estética y las formas de nuestro deseo (así es como el personaje prefiere la USSR que los US, es decir la Unión Soviética frente a los Estados Unidos, sólo por la letra mayúscula R, “la más grande de las letras”, de la misma forma como decide ser católico y no protestante a pesar del ateísmo familiar, sólo por razones estéticas aunque estas le den muchos dolores de cabeza en la escuela). El despertar político y el despertar erótico corren parejos en la memoria despersonalizada y tremendamente dura de Coetzee. Pero también la reflexión, sobre todo al final, cuando se preocupa de lo que más le molestaba de su tía Annie, los libros editados por su abuelo y nunca distribuidos, los libros que nadie leerá nunca. Entonces Coetzee escribe de sí mismo esta frase perfecta: “Lo han dejado a él sólo con todos los pensamientos. ¿Cómo los guardará todos en su cabeza, todos los libros, toda la gente, todas las historias? Y si él no los recuerda, ¿quién lo hará?”.
Igual que en Vidas de los animales, aquí como en Desgracia, Coetzee nos deja una pregunta central, ¿será posible, habrá alguna manera, la que sea –filosóficamente, poéticamente, psicológicamente- resolver los conflictos éticos, las sensibilidades que luchan detrás de ellos? Quizá sólo nos deje, también, la sensación de un irreconciliable –pero irrenunciable- sentido de conflicto entre aquellas personas que se creen moralmente serias y su papel social. Como él mismo apunta en su ensayo Emergiendo de la censura: el escritor ocupa una posición que simultáneamente se encuentra fuera de la política, rivaliza con la política y domina la política, lo que le hace correr un riesgo desmedido, producto de ese orgullo: el riesgo que corre el escritor como héroe es el de la megalomanía. Es el terrible invento de Carlyle, creer que el escritor ante su mesa de trabajo es un héroe (aunque sea sólo un héroe que resiste) y en el caso de un contador de historias no sólo eso, alguien que narra.
Y Coetzee se cura, por supuesto, en espanto. A sangre fría.


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