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Saturday, February 07, 2004

1564 Un ejercicio narrativo y filológico

En donde se cuenta mi estancia en una cueva y lo que allí sucedió, cómo se guarneció la cibdad de Barcelona para recibir al Archiduque Rodolfo, mis desventuras para lo ver, y la infortunada noche del Duque de Tierra Santa.

Perseguido era de nuevo, huía de mis captores desde Sevilla, a donde había venido a morar, en el barrio de Triana gracias al gentil hospedaje de don Iñigo Niebla, zapatero, después de mis años de corsario que diré más adelante. Al llegar a Barcelona, el 15 de marzo del año de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo de 1564 años, muy lejos estaba de saber que dos días más tarde conocería a quien iba a trastornar para siempre mi existencia errante hasta esa fausta mañana en que vine a darme de bruces con mi destino. Mi glorioso Emperador tobo de hacernos bien y merced; pasó al largo viaje en coche y a la mar y así pudo venir a estas tierras a hacerse digno de Dios y aprender las industrias de príncipe católico que muy lo era su tío nuestro monarca Felipe el prudente, segundo en nombre. A do llegado Rodolfo hobieron muchas fiestas y torneos y vinieron a le besar las manos los grandes de España y muchos embajadores y fue recebido con muchas alegrías y solemnidad como convenía a un tal archiduque, que así se llamaba entonces. Entre todas aquestas gentes que vinieron a le ver se hallaba aqueste coronista que todavía nada hacía por lo ser bufón ni cercano de quien sería su amo, mas la humana curiosidad me llevó al puerto y le vi montado en su caballo al lado de un su tío; y los dos vitoreados por las muchas personas que allí hicieron cita esa mañana del 17 de marzo para estar cerca de sus reyes que ya se sabe cuán próximos se hallan al corazón de Dios. Cansado había sido el viaje desde Viena y largo como un día sin pan -otrosí fueron seis meses de travesía- hasta encontrarse con esa cibdad embanderada para recibirlo junto con su hermano Ernesto y su rígido preceptor que tanto habría de recelarme en después, Adam de Dietrichstein, a quien mi amo tampoco tuvo nunca en gran estima y que parecía labrador espantado en fiesta de caballeros. A quien sí quiso fue a su antiguo maestro Angerius Ghisliain de Bubeck, otrora embajador en Constantinopla donde había ido a negociar la imposible paz con el Gran Turco.
Días antes de llegar a Barcelona, después de muchas y muy encomiables industrias -fue el viaje por tierra-, estuve en una cercana cueva y lo que allí me ocurrió sí es digno de ser referido en estas páginas que mucho hablarán de magia y de seres no de este mundo como se verá más adelante. Entréme en la dicha gruta con un labrador que hice mi amigo en el arduo camino, Pedro Crespo, pero el tiempo era fortunoso de aguas y resbalamos hacia el fondo, en una demoniada caída con un golpe seco como de saco de cuero de cocina o como cañonazo al aire que saca mucho humo y a nadie hiere; mas nosotros el golpe no nos lo quitamos ni con benjuí. Oigan los que poco saben lo que con mi lengua franca digo del bien que allí se esconde. Incrédulos, escúchenlo, aunque tengan que beberse una bota de más de una arroba de vino de Borgoña -fue lo que yo ingerí a lo ver todo aquesto mas este era de Esquivias o qué se dónde y más sabía a jabón que a vino. Una risa que no era humana nos devolvió a la tierra decolorados, temimos que se tratara del legendario Roque Guinart o alguno de sus amigos o gayones, pocos reales podrían quitarnos pero no así las botas o la fiambrera que Perico venía bien provisto de merienda y ahora se veía malherido; ya se encontraba malmaridado desque su mujer se fue con otro a las Indias en busca de hacienda y esclavos que se la labraran. Quisimos volver a la entrada pero el lodo no permitíalo así que nos adentramos por la tal cueva en busca de la risa que habíamos escuchado, no era tal, sino una curiosa máquina que resoplaba aire aplastando una tripa de cuero hacia un fuego bien encendido que calentaba un gran vaso o mejor tonel de vidrio donde reposaba y bullía una sustancia negra y viscosa que creímos un pedazo de carbón en agua o un trozo de la noche afuera. Vine a saber muchos años más tarde con mi amo Rodolfo, Dios lo guarde en su gloria, el nombre, atanor, de aquesta fábrica que calentaba mejor que hogar en un gran venta o posada que eso vino a ser para nosotros la dicha cueva donde dormimos. Vino luego a despertarme el ruido y di un golpe a mi amigo que viera lo que yo admiraba dentro del mentado frasco. Ya no había ninguna agua negra, sino una muy azul en la que un hombre y una mujer se ayuntaban de sus cuerpos y besaban las bocas. Como se dice en el Libro de Apolonio, pierde la fuerza el que se da a luxuria y el hombre desaparecía tragado por el cuerpo de la mujer que tobo cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas, y envejecían y encanecían los dos muy a prisa y los sus miembros temblaban hasta desaparecer y pasar convertidos en serpiente, o vallena o basilisco, no lo sé. Basilisco, más bien, ya que si la serpiente contempla al hombre vestido se llena de temor y huye y si lo ve desnudo lo ataca. Ya se escribió: “yo pondré enemistades entre ti y ella, y entre los tuyos y el hijo que della ha de nacer tu acecharás su calcañar y ella te quebrará la cabeza”. No así ocurrió en aquesta cueva de mal recuerdo. Dragón, serpiente o culebra, en hebreo Leuitán. Basilisco como dice Alberto Magno, una serpiente luenga de un palmo y algo roja que tiene encima de la cabeza tres puntas de carne a manera de una corona y Plinio llámala peste de la tierra y mal de ventaja y Solino refiere que muerto y colgado en el Templo de Apolo no quedó ave, ni sabandija, ni araña que no huyesse, pero más poderoso veneno es el de la hermosura, porque el basilisco mata mirando y sus ojos a la primera vista pueden hacer que otros ciegos queden. Un basilisco desapareció en el agua que tornóse roja; floja en vapor y hervores y luego vino a ser blanca como leche recién ordeñada o de nodriza sana y robusta para el recién nacido de mujer. Perico Crespo, que recién despertado parecía perro ahorcado o ubre de burra sucia, un mi amigo mudó el seso y quiso beberse el líquido mas no bien colocó sus manos sobre el vidrio el frasco explotó como pólvora de escopeta y diole al instante muerte como veneno en vaso de oro. Aunque se dice en Las siete partidas que la concordia y la amistad mueven a los hombres trastornóme el temor y salí como pude de la cueva dejando a Perico sin sangre y sin vida frente al fuego y ese líquido que no pudo probar y luego supe se le llama acqua vitae, da la salud, aleja la muerte en quienes corren mejor fortuna que el dicho Pedro.
Víneme entonces a Barcelona, muy grande cibdad, con unas cartas de mi huésped el zapatero para Sebastián de Comellas, impresor, que yo tan bien sabía ese oficio, para allí trabajar. Diome posada y alimento esa noche, pero no empleo que ya tenía un ayudante que era mozo y fregón cuando le requería. Esa y no otra razón me llevó al puerto y miré mucho alboroto y hartos guardias en La Mercé y un enorme estrado en la Plaa del Vi como en espera de señores grandes y dióme por preguntar qué era lo que allí aguardaban y qué torneos habrían de librarse en esa plaa. Dijéronme entonces que era por la venida del Rey Nuestro Señor Felipe II y un su sobrino austria, el archiduque Rodolfo. Mejor entonces estar cerca del puerto y contemplar así a esos augustos príncipes y monarcas. ¡O Reyes míos benditos, pues de Dios sois tan amados, sed mi guarda y abogados!, me dije alumbrando lo acaecido en la cueva con mi amigo, que no hay que mentar la soga en casa del ahorcado.
Mi vida ser cual es me causa espanto mas también regocijo, todo lo que mis ojos han mirado y mis orejas escuchado, todo lo que mis labios han hablado para donaire de extraños. Tiempo fue y horas ufanas las que siguieron a aquesta mañana que digo en que encontréme con Rodolfo, mi señor y amo, y vínome alegría. Divisábase desde mi atalaya una galeaza a remo y vela, de tres palos, e setenta y cinco varas de eslora, por cuya escalinata bajaba en un caballo blanco, aderezado y guarnecido, todo oro y paños a cuadros, el archiduque. Un su hermano en un corcel menos vistoso y café lo seguía dos pasos detrás. Las gentes aplaudían y vitoreaban el paso, desde el muelle, de su rey, Felipe, vestido todo de negro con el Tosón de Oro debajo de la golilla de encaje que alargaba su cara y sus ojos pequeños y despiertos para mirar a un su sobrino desembarcar en su tierra, siempre próspera y católica. Doce años tenía el archiduque y ya parecíame rey coronado. Los grandes de España y muchos embajadores se postraban e inclinaban a su paso y otros que así mismo traían sus corceles les seguían hasta la Plaa del Vi donde todo se había dispuesto para el contento de las gentes que allí se habían reunido a las fiestas en su honor. El vulgo y la plebe muy lejos, y los cercanos al rey más cerca del estrado, meninas y pajes con los príncipes jóvenes, don Juan de Austria, hermanastro de Filipo el rey, Alejandro Farnesio un su sobrino de Italia, los herederos, Maximiliano y María. Sentada en una silla muy alta la reina Isabel de la paz, rodeada de damas francesas y seis chambelanes, dos capellanes, tres secretarios, seis lacayos, un bufón que todos aquestos servicios necesita una reina cuando sale de palacio. En estas materias nunca tropieza la lengua si no cae primero la intención y si ahora me viene a mientes todo este batiburrillo de criados y cercanos es tal vez porque he dejado de ser uno dellos. A Felipe el prudente, segundo, lo rodeaban también sus cercanos, el Mayordomo Mayor, Conde de Chinchón y el presidente del Consejo de Castilla, Don Rodrigo Vázquez, que parece mercader de genijibre, el duque de Alba que por su enfermedad iba en una silla de caderas y parecía pato cocido, don Antonio Perez , el Duque del Infantado, El Conde de Fuensalida, hombre liberal y de gran memoria que murió a las tres semanas de su Rey, en el año de 1598 años, Don Ruy Gómez de Silva y Cristóbal de Moura Marqués de Castel Rodrigo, portugués que más parecía borceguí viejo de escudero, el Marques de Velada y Luis de Requesens, el cardenal de Granvelle, de mediana estatura, semejaba cordero mamón de Hontiveros, el Inquisidor General y Obispo de Cuenca, Pedro Portocarrero que parecía cofrade en penitencia o cilicio de San Onofre y su maestro García de Loaísa, y Juan de Idiáquez, que parecía ginovés cargado de deudas, los consejeros de los reinos y muchos validos y secretarios y al final siéntanse en sillas bajas los embajadores y demás nobles que en aquesta fiesta hobieron de estar regocijados y contentos así como sus criados de a pie y sin espada pero todos de cuello escarolado, sayo, calzas y pantuflos o zapatos picados y gorras con plumas de muchos y muy variados colores. Hubo música, alguna digna de recuerdo, como una pieza de Francisco Guerrero y danzas y otras suertes y torneos como suelen hacerse en tales fechas sin menoscabo de los aposentadores de camino y demás lacayos y escribanos de cámara porque los reyes pueden comunicarse en secreto con los ministros y criados familiarmente, sin aventurar reputación; mas en público, donde en su entereza y igualdad está apoyado el temor y reverencia de las gentes, ni con validos ni hermanos, ni padre ni madre ha de haber sombra de amistad porque no son capaces de igualdad con ninguno y va en detrimento del amor que las gentes les tienen. Nunca se vio fiesta más buena. Por toda la cibdad, en filas, hombres armados, en caballo y a pie, con estandartes de diversos y muy vistosos colores subían y bajaban por las calles; séquitos de caballeros, palios, cuellos adornados con cruces de oro como no se ven nunca, tabernas repletas con hombres que beben y se hartan y muestran los dientes que les quedan en sus bocas. No cabía un alma, las callejuelas a reventar, una muchedumbre que impedía avanzar; había tablados en las plazas, adornos de guirnaldas con emblemas y arcos triunfales; pendían de los balcones divisas, imágenes del rey y de sus glorias pintadas con industria y no poco ingenio; blasones de las familias de valía, leones, águilas, torres y castillos, ríos y flores.
-¡Paso al duque de Tierra Santa!, ¡paso a don Gil Olmedo Méndez valido de la pena y la misfortuna!, -me desgañitaba golpeando con los brazos a los bobos que no se apartaban a mi paso cuando un caballero a caballo, bien armado y mejor vestido me gritó:
-¡Quita, truhán, duque del retrete! – y vino a hacerme caer entre las patas de su animal mientras él, vestido con cuello y capa y calzas atacadas, reía y el caballo me pisaba hasta malherirme y magullarme el cuerpo y sacarme verdugones en el rostro.
Empero, basta de discursos que se está haciendo tarde aqueste día que cuento y debo regresar a la posada donde me alojo, en las afueras, que le llaman al lugar Portal de San Antoni. Espero tener dueña y calor en mi cama, me digo mientras dejo atrás las fiestas sin pensar que seguiré tiempo después a Rodolfo el segundo, por sus muchas desventuras y lejanos países aun sabiendo con la Clericalis que los reyes son semejantes al fuego, si te acercas a ellos te quemarán y alejados dellos frío tendrás. Caminé a mi posada; en casa de hembras consuelo hay para caballeros muy trajinados; había quedado con una moza, Bernarda para más nombre, a la noche, olvidado del Sendebar y de que los engaños de las mujeres no tienen cabo ni fin, otrosí gran consuelo para mi tormento.
paloug@yahoo.com




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