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Monday, February 20, 2006

Me he mudado de blog a www.elboomeran.com, los blogs de El País, allí nos podemos seguir leyendo... Pedro

Tuesday, May 03, 2005

39

what we are engaged in when we do poetry is error,the willful creation of error,the deliberate break and complication of mistakesout of which may ariseunexpectedness.
Anne Carson

I
Somos mortales, te dice. Y lo escuchas como si fuese el viento.
Pero no está hecho de aire: es una roca, granito o magma
que dejó de arder.

Mantén el equilibrio, te dice. Y justo en un día como ahora
en el que la pasta de dientes se termina
y no hay café para despertar en toda la casa.
Un día en el que mejor sería quedarse dormido

Un día prescindible.

Deja la sed, te dice. Y vierte agua en el vaso de tu suerte.
Vacía la jarra en la que te sirvió. El vaso también sin una gota.
No hay donde buscar alivio
¡Y mira que conozco de vasos y jarras y de sed!

Ignoras todo sobre el agua, te dice entonces. Y luego ríe.
Y tú estás en llamas. La casa está en llamas.
Después llueve. Todo se hace líquido. Fluye, no descansa.

El silencio corta la noche como una navaja. Apagas la luz.
Lo escuchas. Desconoces desde dónde es que te habla.
Pero es su voz. No puede ser más que su voz

Nadie sabe lo que son las leyes, te dice. Ni para qué existen.
Entonces lo ves, también, asomándose por la ventana.
A pesar de la oscuridad lo intuyes allí. Y no te mueves
por temor a que se vaya de nuevo.

Haz memoria, te dice. Revisa cada uno de tus asuntos.
No habrá más sorpresas. Así contigo como conmigo,
prosigue. Tu voz se hará silencio, estertor, olvido
y pequeños monstruos tus huesos.

¿Y dónde tus sublimes planes, tus eternos devaneos?
¡Qué complicada cadena de estupideces que ahora
Golpean o galopan tus vanos triunfos!


Materia de derrota tus sueños de insomne, te dice.
No hay espacio para tu descanso. Nunca lo deseaste.
Túmulo o pira, cenotafio o arco triunfal, qué importa.
No somos mortales, te repite.

Eres como un árbol sembrado al revés. ¿Dónde tu fronda?
Eres como el ruido del agua que se deja correr
Cuando se lavan los trastes
Como el aullido de un cerdo que sabe se dirige al matadero.

Eres la huella de un leproso en la mano del samaritano
El animal enhiesto encima de la montaña solitaria
La muerta y muda sangre de una cascada de lamentos.
Eres el ronquido, la apnea, el terror a quedarte dormido

Pero también la flor quebrada por el abrazo de los amantes
en la tierra, te dice.


II

En mitad de la noche, en medio de ningún lugar. Sólo existe la lluvia. Y tupidos árboles que ocultan el cielo. Estás rodeado. Hay humedad en el suelo. Como si allí nunca dejara de caer agua. Pero no ves las nubes. No existen. Las altísimas copas de los árboles ocultan todo lo que no sea ese bosque que te rodea como los brazos de la amada. Te sientas. Respiras. O te percatas de que respiras. Allí, de golpe, conoces tus miserias, las que no te has atrevido a revelarle a nadie. El miedo horroroso al vacío. Como si la aventura hubiese terminado. No duermes. No puedes dormir. Toda la noche en amarga vigilia, te habría dicho él. Pero allí tampoco puedes escucharlo. Te vas derrumbando. Naufragas. Sientes miedo, un miedo insondable que no se apaga ni con el lamento de un búho, lejano, que apenas escuchas. Cuando se haga de día saldrás de allí. El sol te regresará al mundo de los tuyos, tus semejantes.
Y ya nada será igual. Ni el dolor, ni la alegría insospechada o la furia repentina. Esa oscura soledad te devolvió la iluminación de tu nombre y su precario tiempo. ¡Atónito musgo siempre en viaje!

III

Cada día una palabra que huye, te dice. Un ave que migra.
No le contestas, tampoco. Siempre sabe lo que estás pensando


28 de marzo 2005

Sunday, March 28, 2004



38




brota del pequeño corazón de un hombre
un arrebato febril
Keats

Son los años, llegan de golpe,
se instalan en el cuerpo, en las articulaciones
en la piel.
Te tiran del cabello, vociferan tu nombre
sobre todo te obligan a recordar
la azul noticia del mar que lame tus tobillos
(¿Hay una llave allí?)

Eres un niño –pantalones cortos, fleco sobre la frente-
y caminas de la mano de tu madre
que es de pronto un diccionario.
Señala: ¡es allí!, te dice con el dedo y con los labios
y miras la verde casa de la memoria: el paisaje de tus abuelos:
una palacio, un lagar, un estanco en el que despachas ese día

Duermes en las húmedas sábanas y en el mullido colchón
que fue de ellos
sombras y sombras en el tapiz de los muros
-una tribu y su milagro-
y dejas de tener ocho años, estás hecho de siglos
te han arrancado de la tierra con los dientes

Otra vez el embrujo del recuento:
la pluma y el papel que te permiten vivir se rasgan con
palabras: es la primera ocasión
Una mano mueve la tuya, lo sentirás siempre
Está allí, tú sabes su nombre,
oyes sus pisadas arrastrándose
estás hecho de nostalgia
te han esculpido con golpes de silencio
y los ríos del recuerdo son ingratos
(¿Qué abre esa llave?)

Apuras una copa, fría como cicuta
besas los labios de tu mujer, hay un abrazo acuático
y algas, y anémonas, y medusas.
tampoco estás allí sino en la noche
los dos miran la vía láctea, hace frío, se toman las manos
es el primer beso sobre la tierra
tiembla: vuelves a nacer
Estás hecho de dolor, corre rápido por tus venas
respiran los árboles en ese fugaz plenilunio


Tres veces tres te has multiplicado,
terribles los espejos que te devuelven, como en la feria,
cientos de veces transformado
¡Seis ojos te observan mientras intentan descubrirse!
algún día –infinita sabiduría de la meiosis-
te mirarán como se contempla a un árbol
y desearás tener alas y no esas robustas raíces de ceiba
Estás hecho, también, de futuro,
pero no te engañas: conoces que el porvenir se nutre
de memoria,
(que sabe también a la fría sal del Cantábrico)
de lágrimas
del atroz hábito de la ceniza

(Has tirado al fin la llave)

Ahora gritas con la irresponsable voz de tus años:

-Abuelo, algún día estaremos de regreso


28 de marzo 2004


Sunday, February 29, 2004

Curioso, me faltaron los ingleses (Dickens y James, sobre todo)

Leo a Quignard: otra vía, de nuevo híbrido: ensayo, relato, reflexión aforística: me asombra excepcionalmente

Y Genet. Acabo de leer el magnífico y castrante ensayo de Sartre: San Genet!

Imaginarse una novela dentro de un manicomio donde están, entre otros, un anatomista (Vesalio) y un botanista. Leo a Calasso entrevistado a propósito de su último libro y lo confirma: algo tiene su búsqueda estética (de literatura absoluta, la única que vale la pena)
La novela, como forma, da vueltas sobre su propio eje, sin encontrarse ya del todo. Habría que estudiar por un lado a los grandes realistas franceses -como hace Harry Levin-: Balzac, Sthendal, Flaubert, Zola, Proust, o a los dos monstruos rusos: Tolstoi, Dostoievsky -como hace George Steiner- y luego con la mayor dedicación a Calasso y a Sebald
Algo tiene que salir de allí

Saturday, February 28, 2004

Mi querido Gil Gamés (cuyo Tres sin sacar no aparece, salvo muchas semanas después en la página electrónica de Crónica, un pequeño truquito, nos deja su suplemento incompleto) me obligó a transcribirle a Cristina Rivera "toda" su nota. Cristina pegó en su blog el fragmento o lo que le importó de la nota. En su nueva entrega Gil arremete, nuevamente. Está en su derecho. Lo curioso es que no haya un nuevo argumento.

Saturday, February 21, 2004

Muertos que no hacen ruido
(borrador/fragmento)

Así comienza el cuento: encima de la tierra, negra y anegada como una piel sin cuerpo, cae nuevamente el agua. Tres días con lluvia han borrado toda forma conocida de medir el tiempo: la mañanas y las noches no existen, sólo el torrente inmisericorde, el cielo negro cubierto por una nata lechosa que en nada se parece a la neblina. Han traído los cuerpos y dos hombres se afanan en cavar un agujero, tienen las piernas hundidas en el barro. Pasa como si huyera una bandada de cuervos, parecen tener prisa, quieren irse, piensa Elías. De no ser por su presencia nadie recordaría el incidente: los hombres demasiado cansados en su tarea, desean terminar pronto y olvidarse también de lo ocurrido. Él, en cambio, lo tendrá presente todos y cada uno de sus días. Tiene seis años, es sordo y los demás lo creen idiota. Por eso lo dejan merodear, como si no existiera. Un rayo rompe en dos el cielo, baña de luz por un instante el claro del penal en donde los aprendices de sepultureros, por unos pesos, entierran a unos desdichados cuyo nombre desaparecerá hoy mismo de los registros del lugar. Fueron nada. Polvo serán. Elías piensa que el agua hace más tristes las cosas. No conocía a ninguno de los muertos, pero le parece que la escena es fea. Le causa dolor. Una punzada filosa en el pecho, como un pellizco. Se acerca a los cadáveres. Las caras golpeadas, llenas de sangre. Entonces se da cuenta: les han cortado las manos.
La sangre también se ha secado allí, en las muñecas truncas. Una costra reseca por la que pulula un ejército de hormigas, sedientas, ávidas, pinches hormigas que no respetan nada, ni siquiera la carne de esos tres.ya sin vida. ¡Quítate, escuincle baboso!, le grita el más gordo de los enterradores y lo aparta de un manotazo, ¡vete a ver si ya puso la marrana!, le dice el otro, el pellejudo y agarra su sombrero como arma, lo blande en el aire como un sable de paja. Elías nomás da tres saltitos hacia atrás, como quien no quiere la cosa y el par de inútiles vuelve a su tarea, las caras salpicadas de lodo, sucios hasta el pelo; hediondos, pues.
Aguadores y lecheros del agua hacen sus dineros, se dice Elías: así lo ha oído de su padre siempre en queja perpetua. Y mira con rencor a los hombres o lo que queda de ellos en la superficie tan llenos de barro y de profundidad como están ahora, cuando casi ya terminan esa tarea que los fastidia pero que les dará para unos tragos y un cigarro, quizá hasta para una vieja que aplaque la humedad.
La tierra abierta por las palas, suave de tanta agua, como una cicatriz recibió los tres cuerpos en una misma fosa. Plas, plas, plas, como tres costales húmedos cayendo al abismo. Luego un bulto de cal como si les cayera nieve. Elìas vuelve a asomarse, terco, y ve desaparecer el último rostro, el de hasta arriba mientras le cae el polvo blanco que pronto se ennegrece con el barro y el agua y las primeras paladas que lo cubren. Se van del todo, invisibles. Nada hay allí mas que tierra. Tierra encima de la tierra. Tan es así que si lo contara nadie iría a creérselo.
¿Y a quién, además, si sólo Quique y el Tigre lo entienden a medias, entre sus señas? Aún no conoce la libertad que será escribir al año siguiente, ya en primaria. Esa es harina de otro costal. Ahora es nomás Elìas, el tarado. Cuantimás que ni quien lo pele allí, en medio del hacinamiento. Otro escuincle de mierda al que dar de tragar, eso es él: una pinche lata.
Ni modo, ya se acostumbró a estorbar.
No es que la lluvia esté cayendo a destiempo, qué va. Apenas empiezan los diluvios. Es la hora, como todos los años, y vienen los meses más duros allá adentro, en la cárcel. Elías allí nació, no sabe de otro pesebre. Todavía no tiene la edad de los otros niños que salen todos los días al colegio. Nunca ha visto nada fuera de las paredes de concreto de El pueblito, como le dicen todos al lugar, más valdría llamarlo infierno, pero tampoco: al que come bien frijoles es pecado darle carne, dicen por allí. Bien les está, por cabrones, dicen los custodios y se llevan su lana.
Todo cuesta adentro. Mucha feria.
Ya no tiene gracia alguna seguir mirando. Se acabó la fiesta. Elías camina con lentitud, desea no llegar nunca a su carraca, hacerle el gesto de ya llegué a su jefa e irse a acostar. Hace muchas noches que no puede dormir. Le da miedo. ¿A qué?, se preguntará. Al sueño, a qué más habría de temerle sino a las pesadillas. O mejor: la pesadilla, una sola: el padre que en la noche, mientras él duerme, le corta la lengua y se la guisa con mucha cebolla ahí mismo, en la hornilla pequeña donde calientan sus escasas provisiones. ¡De por si ni te sirve!, le dice el padre, si así se le puede llamar al señor aquel en su camiseta sin mangas llena de grasa que ahora eructa. Elías grita, pero nadie lo escucha y siente la sangre que le resbala por el cuello y lo ensucia. Por eso no le gusta pegar el ojo, porque vienen prestas, las muy jijas, veloces, las repetidas imágenes de su única derrota: siempre la misma

Coetzee, a sangre fría

Pedro Ángel Palou

La seriedad es, para cierto tipo de artista, un imperativo que une lo estético con lo ético, escribe John Michael Coetzee en su espléndido libro de ensayos, Giving offense, essays on censorship (1996). No cabe duda que él es ese tipo de artista o de escritor que evoca, para quien existe el compromiso (aunque la manida palabra signifique algo muy distinto en él). Y sin embargo ha sabido desde siempre que aunque su literatura plantee –quizá como en pocos escritores contemporáneos- preguntas morales de primer orden, no es su función darles respuesta. Por ello utilizó incluso ese vehículo, la ficción, cuando fue invitado a las famosas Tanner Lectures que promueve la Universidad de Princeton y su Centro Universitario para los Valores Humanos. Allí, lejos de la pretensión filosófica de los humanistas que ofrecen esas charlas, escribió un relato en dos partes, inventando a una novelista envejecida, Elizabeth Costello, quien lucha por evitar la la crueldad humana hacia los animales y paulatinamente evita cualquier contacto con humanos, especialmente los carnívoros. Los dos fragmentos del libro, Vidas de los animales: los filósofos y los animales y los poetas y los animales cuentan una historia, plantean preguntas, ahondan en los misterios del alma humana, en la perplejidad que provoca la vida. No pretenden hacerla más inteligible.
Coetzee nació en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, hijo de un abogado y una maestra y se crió en un ambiente bilingüe: hablaba Afrikáans con sus parientes y vecinos–la lengua de la mayoría de la población blanca de Sudáfrica-, pero en inglés dentro de casa y en todas las escuelas a las que asistió hasta graduarse en 1961 en literatura y matemática en la Universidad de Ciudad del Cabo, donde ejerce la silla Ardene de literatura desde hace varios años. Trabajó de 1962 a 65 como programador de computadoras en Inglaterra y finalmente vivió entre ese último año y 1971 en Estados Unidos, estudiando el doctorado en literatura en la Universidad de Texas en Austin y siendo profesor de la Universidad de Nueva York en Búfalo. Ha regresado dos veces como profesor invitado a la John Hopkins de Maryland en dos ocasiones (1986 y 89), pero desde 1972 vive en Ciudad del Cabo.
Dos años después de regresar terminó dos novelas cortas, El proyecto Vietnam y La narrativa de Jacobo Coetzee, publicadas en el volumen Dusklands. Ya allí estaba uno de los temas fundamentales de su literatura: el individuo enfrentado a la sociedad. La relación entre los poderosos y los desprotegidos que igual le preocupará en sus ensayos que en su brillante memoria, Infancia, escrita en tercera persona. Su primera novela, In the hart of the country (1977), en cambio, está escrita en primera, es el diario de una mujer que vive en una granja remota de Sudáfrica mientras contempla el mundo y la vida de las que ha sido excluida mientras se va volviendo loca. Del género del romance familiar Coetzee saca provecho para un relato sobre el poder colonial y sus excesos. En 1980 publica Esperando a los bárbaros, la historia de un magistrado y su evolución paulatina hacia el cuestionamiento del gobierno para el que trabaja (con la novela obtuvo en premio más importante de su país, el CNA; Central News Agency). Otra vez el funcionario de la justicia trabaja en un pequeñísimo puesto fronterizo, casi perdido. Terminará poniéndose del lado de las víctimas y yendo a la cárcel. El afán quirúrgico de la prosa de Coetzee disecciona el corazón del hombre ante los extremos, como lo hará con Vida y tiempos de Michael K (1983, ganadora nuevamente del CNA y del Bookers Prize), una historia dentro de la guerra civil. En ella, a mi juicio, Coetzee afiló sus dos instrumentos más letales: una aparente frialdad en la prosa, conseguida a través de frases breves de una precisión casi transparente, desadjetivada (“tan purificadora para los sentidos que una piensa al terminarla que la mirada ha sido afilada y el oído vivificado”, opinaba Cynthia Ozcik en el New York Times Book Review) y una intensidad conseguida al enfocarse en los actos narrador y no en la descripción. La historia es simple y cuenta el periplo de Michel K –y su labio leporino- trasladando a su madre agonizante, Anna, a la vieja granja familiar. La madre, sin embargo, muere en el trayecto, abandonándolo. Es hecho prisionero dos veces y escapa, con la idea fija de vivir dignamente. En 1986 publica Foe, una reinvención –como la de Tournier- de la historia de Robinson Crusoe (Cruso –amante de Susan Barton- ha muerto y su sirviente, Viernes no puede hablar así que le pide en 1720 a Daniel Foe que le cuente su historia, aunque Foe termine por narrar otra), una novela sobre la tiranía de la narración que continuaría en 1994 con El maestro de Petersburgo, situada en 1869, cuando Dostoevsky regresa de Alemania a San Petersburgo ante la muerte de su hijastro. El evento le sirve a Coetzee para discutir las misteriosas relaciones entre la vida y el arte y, sobre todo, para devolvernos una imagen caleidoscópica de Dostoevsky (ingenuo y calculador, perverso y piadoso, cruel y compasivo). Entre ambas publico La edad de hierro, una novela tremenda, comprometida hasta el tuétano (quizá la más política de todas las suyas). La protagonista, la señora Curren es una profesora jubilada que muere de cáncer –otra vez escrita en primera persona bajo la forma de una larga carta a su hija que vive en Estados Unidos y ha huido del apartheid. En sus últimos días decide recibir a un alcohólico y vagabundo que aparece tirado ante su puerta mientras Bekchi, el hijo de su sirvienta se ve envuelto en un levantamiento y ayuda a su madre en la búsqueda sólo para hallar al hijo balaceado. Recibe a otro amigo que será asesinado en su propia casa mientras la Sra. Curren se ve forzada a enterarse del otro cáncer, el que vive su país. Su única compañía termina siendo el alcohólico que se compromete a entregar la última carta a su hija.
Necesité este apretado resumen de la narrativa de Coetzee para dar a entender la gran empresa que significa su más reciente novela, Desgracia. David Lurie, antiguo profesor de inglés (especialista en los poetas románticos) ha tenido que dar clases en el nuevo departamento de comunicación –el suyo desapareció ante los estudios culturales- y es expulsado de la Universidad de Ciudad del Cabo después de tener un romance con una aluma (Melanie Isaacs) que lo acusa de acoso sexual y violación. Lurie va a vivir (otra vez a una granja alejada) con su hija Lucy donde son atacados por tres hombres negros en la Sudáfrica post-apartheid (a él le prenden fuego después de empaparlo con líquido para encendedores y a ella la violan). Al regreso a Ciudad del Cabo pasa por la casa de los padres de Melanie, en una de las escenas más memorables de la narrativa de Coetzee (es invitado por el padre, que ahora comparte su desgracia, ambos tienen hijas que han sido violadas, aunque Lurie realmente haya seducido a su alumna). Su departamento ha sido robado y destruido y regresa a Cabo Este con su hija que está embarazada como resultado de la violación y ha aceptado casarse con el agresor, sólo de facto, para poderse quedar con la granja. Lurie alquila una casa mientras espera el nacimiento de su nieto, escribe un libro que ha proyectado toda su vida sobre la amante de Byron y ayuda a una amiga de su hija a aplicarle la eutanasia a perros indeseados. Hasta aquí la trama. La novela, como todas las de Coetzee, empieza exactamente cuando la hemos terminado y cerramos el libro.
Sangre fría, disección, precisión clínica, prosa sólo aparentemente aséptica. Son las cualidades más sobresalientes de la novela más molesta de Coetzee. Porque no sólo trata sobre la pérdida de poder y de control –sobre la vida, sobre los valores- o sobre los blancos en una Sudáfrica ya no gobernada por blancos, sino sobre un profesor de literatura clásica en un mundo donde los únicos valores son la juventud, el comercio y el futuro. El mejor parlamento de la novela es el de la hija al justificar su aceptación de la desgracia, pensando que se puede empezar de nuevo siendo una mujer blanca: “a nivel de tierra. Sin nada. Pero no sólo con nada. Con nada. Sin carta alguna, sin armas, sin propiedad, sin derechos, sin dignidad. Como un perro”. Otra vez el escalpelo de Coetzee explorando en el corazón humano, especialmente cuando tiene que reaccionar ante las situaciones más extremas, incluso cuando ya no hay nada humano en esa reacción. La antisentimentalidad de J.M. Coetzee en su más alto poder como escritor. No hay juicio moral, a pesar de lo que pueda pensarse, quizá porque el novelista sudafricano se ha dado cuenta que en estos tiempos –en su país, pero en muchos otros arrasados moral e ideológicamente en sus identidades por el neoliberalismo globalizante- no existe nada ni nadie que nos haga distinguir entre el odio y el amor. No por nada esta novela ha sido comparada con En el corazón de la noche (o de la oscuridad), de Conrad. Sin embargo Kurtz en la novela del polaco es destruido más allá de lo civilizado y Lurie se reinserta en el nuevo salvajismo. Han llegado los bárbaros, al fin, parece decirnos con escepticismo Coetzee.
Y aquí regreso, sólo para finalizar, a Infancia (Boyhood, scenes from provincial Life). Los dos temas fundamentales de la memoria son lo alejado que el niño está de la cultura Afrikaner y la incomodidad ante las obligaciones del amor a los padres –ambos, aunque el padre salga más mal parado. La autobiografía nos sugiere, poderosamente, que las convicciones políticas tienen menos que ver con la ética que con nuestra noción estética y las formas de nuestro deseo (así es como el personaje prefiere la USSR que los US, es decir la Unión Soviética frente a los Estados Unidos, sólo por la letra mayúscula R, “la más grande de las letras”, de la misma forma como decide ser católico y no protestante a pesar del ateísmo familiar, sólo por razones estéticas aunque estas le den muchos dolores de cabeza en la escuela). El despertar político y el despertar erótico corren parejos en la memoria despersonalizada y tremendamente dura de Coetzee. Pero también la reflexión, sobre todo al final, cuando se preocupa de lo que más le molestaba de su tía Annie, los libros editados por su abuelo y nunca distribuidos, los libros que nadie leerá nunca. Entonces Coetzee escribe de sí mismo esta frase perfecta: “Lo han dejado a él sólo con todos los pensamientos. ¿Cómo los guardará todos en su cabeza, todos los libros, toda la gente, todas las historias? Y si él no los recuerda, ¿quién lo hará?”.
Igual que en Vidas de los animales, aquí como en Desgracia, Coetzee nos deja una pregunta central, ¿será posible, habrá alguna manera, la que sea –filosóficamente, poéticamente, psicológicamente- resolver los conflictos éticos, las sensibilidades que luchan detrás de ellos? Quizá sólo nos deje, también, la sensación de un irreconciliable –pero irrenunciable- sentido de conflicto entre aquellas personas que se creen moralmente serias y su papel social. Como él mismo apunta en su ensayo Emergiendo de la censura: el escritor ocupa una posición que simultáneamente se encuentra fuera de la política, rivaliza con la política y domina la política, lo que le hace correr un riesgo desmedido, producto de ese orgullo: el riesgo que corre el escritor como héroe es el de la megalomanía. Es el terrible invento de Carlyle, creer que el escritor ante su mesa de trabajo es un héroe (aunque sea sólo un héroe que resiste) y en el caso de un contador de historias no sólo eso, alguien que narra.
Y Coetzee se cura, por supuesto, en espanto. A sangre fría.


MÚSICA Y LITERATURA (DIÁLOGOS ENTRE MÚSICA Y POESÍA).

Los poetas deben constituir el estudio esencial del filósofo que desea conocer al hombre.
Joubert, “Pensamientos”.

Los mitos crecen como los cristales, según su propia y repetida estructura; pero es menester que haya un núcleo propicio para que comience el crecimiento. Los espíritus mediocres o caprichosos carecen del poder de engendrar mitos. Pueden crear una moda, que, empero, pronto perece. Sin embargo hay visiones del mundo, como la pitagórica, que perduran y penetran el pensamiento y el vocabulario de los hombres. El término “filosofía” es de origen pitagórico; otro tanto ocurre con el vocablo “armonía” en su sentido más amplio.
La esencia y el poder de esa visión estriban en su carácter unificador, que todo lo abarca: une la religión y la ciencia, la matemática y la música, la medicina y la cosmología, el cuerpo, la mente y el espíritu, en una inspirada y luminosa síntesis. En la filosofía pitagórica todas las partes componentes están entretejidas: presenta una superficie homogénea, como la de una esfera, de modo que resulta difícil decidir por qué parte será mejor penetrar en ella. Pero la manera más sencilla de abordarla es la que brinda la música. El descubrimiento pitagórico de que el tono de una nota depende de la longitud de la cuerda que la produce y de que los intervalos concordantes de la escala se deben a simples proporciones numéricas (2 : 1 octava, 3 : 2 quinta, 4 : 3 cuarta, etc.) fue un descubrimiento que hizo época: constituyó la primera reducción de la calidad a la cantidad, el primer paso que se dijo hacia la matematización de la experiencia humana y, por lo tanto, al comienzo de la ciencia.
Aquí, antes de avanzar, hay que hacer una importante distinción. El hombre del siglo XXI mira con justificado recelo la “reducción” del mundo que lo rodea, de sus experiencias y emociones, a una serie de fórmulas abstractas, desprovistas de todo colorido, calor, significación y valor. Para los pitagóricos los números eran sagrados, pues representaban las ideas más puras, étereas e incorpóreas, y de ahí que el maridaje de la música con los números no pudiera sino ennoblecerla. El éxtasis religioso y emotivo producido por la música era canalizado por el adepto en éxtasis intelectual, esto es, en la contemplación de la divina danza delos números. Se reconocía que las gruesas cuerdas de la lira eran de importancia menor: podían estar hechas de diversos materiales, en varios espesores y longitudes, siempre que conservaran las proporciones; porque lo que produce la música son las proporciones, los números, la estructura de la escala. Los números son eternos, en tanto que toda otra cosa es perecedera. No tienen la naturaleza de la materia, sino la del espíritu; permiten operaciones mentales de la clase más sorprendente y deliciosa, sin referencia alguna al tosco mundo exterior de lo sensible. Y así como se suponía que funcionaba el espíritu divino. La contemplación extática de formas geométricas y de leyes matemáticas es, por ende, el medio más eficaz de purgar el alma de la pasión terrenal y el principal lazo que une al hombre con la divinidad.
En el universo pitagórico el disco se cambia por una esfera. Alrededor de ella, el Sol, la Luna y los planetas giran en círculos concéntricos, fijo cada uno a una esfera o rueda. La veloz revolución de cada uno de estos cuerpos produce el silbido o susurro musical en el aire. Cada planeta silbará con tono distinto según la proporción de su órbita respectiva, así como el tono de una cuerda depende de su longitud. De manera que las órbitas en que se mueven los planetas forman una especie de lira gigantesca cuyas cuerdas están curvadas en círculos. Así, Pitágoras pensaba que el intervalo musical formado por la Tierra y la Luna era de un tono; el de la Luna y Mercurio, un semitono; el de Mercurio y Venus, un semitono; el de Venus y el Sol, una tercera menor; el del Sol y Marte, un tono; el de Marte y Júpiter, un semitono; el de Júpiter y Saturno, un semitono; el de Saturno y la esfera de las estrellas fijas, una tercera menor. La resultante “escala pitagórica” es si, do, re bemol, fa, sol, la bemol, do, aunque varía ligeramente la representación de la escala, dada por diferentes autores.
Hay músicos que componen sobre la página blanca, en la inmovilidad y el silencio. Los ojos muy abiertos, creando por medio de una mirada tendida en el vacío una especie de silencio visual, una mirada silenciosa que borra el mundo para hacer callar sus ruidos, escriben la música. Sus labios no se mueven, incluso el ritmo de la sangre agota su tambor, la vida espera, la armonía va a llegar. Oyen entonces lo que crean en el acto creador. Ya no pertenecen a un mundo de ecos o de resonancias. Oyen los puntos negros, las corcheas, las blancas, caer, estremecerse, deslizarse, rebotar sobre el pentagrama. Para ellos el pentagrama es una lira abstracta, ya sonora. Gozan allí sobre la página blanca, de la polifonía consciente. En la audición real, las voces pueden perderse, ensordecerse, ahogarse; la fusión puede hacerse mal. Pero el creador de música escrita tiene diez oídos y una mano. Una mano para unir, cerrada sobre la estilográfica, el universo de la armonía; diez oídos, diez atenciones, diez cronometrías para escuchar, para tender, para regular el flujo de las sinfonías.
Hay también poetas silenciosos, silenciarios, poetas que hacen callar primero un universo demasiado ruidoso y todos los estrépitos rimbombantes. Oyen, ellos también, lo que escriben en el momento mismo de escribirlo, en la lenta medida de una lengua escrita. No transcriben la poesía, la escriben.
Ellos saborean la armonía de la página literaria en donde el pensamiento habla, y la palabra piensa. Saben antes de escandir, antes de oír, que el ritmo escrito es seguro, que la pluma se detendría por sí misma ante un hiato, que la pluma rechazaría las alteraciones inútiles, negándose a repetir tanto los sonidos como los pensamientos. Gracias a la lentitud de la poesía escrita los verbos vuelven a encontrar el detalle de su movimiento original. En cada verbo vuelve, no ya el tiempo de su expresión, sino el tiempo justo de su acción. Los verbos giran y los verbos que lanzan no confunden ya su movimiento. Y cuando un adjetivo viene a florecer su sustancia, a poesía escrita, la imagen literaria, no dejan vivir lentamente el tiempo de los florecimientos. Entonces la poesía es verdaderamente el primer fenómeno del silencio. Deja, vivo, bajo las imágenes, el silencio que atiende. Construye el poema sobre el tiempo silencioso, sobre un tiempo al que nada martillea, que nada urge, al que nada ordena, sobre un tiempo dispuesto a todas las espiritualidades, el tiempo de nuestra libertad.
Baudelaire en el prefacio de Pequeños poemas en prosa, señaló: “¿Quién de nosotros no ha soñado, en sus días de ambición, el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, bastante flexible y bastante conmovida para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”
En muchas ocasiones queremos que la imaginación sea la facultad de formar imágenes. Pero la imaginación es más bien la facultad de deformar las imágenes suministradas por la percepción y, sobre todo, la facultad de librarnos de las imágenes primeras, de cambiar las imágenes.
Así, gracias a la imaginación, nace la poesía, la música, el arte, las artes. Si no hay cambio de imágenes, unión inesperada de imágenes, no hay imaginación, no hay acción imaginante.
El pensamiento, al expresarse en una imagen nueva, se enriquece enriqueciendo la lengua. El ser se hace palabra. La palabra aparecen en la cima psíquica del ser. Se revela como devenir inmediato del psiquismo humano.
Benjamín Fondane escribió: “En primer lugar el objeto no es real, sino un buen conductor de lo real”. El objeto poético, debidamente dinamizado por un nombre pletórico de ecos, será un buen conductor del psiquismo imaginante. Para esta conducción hay que llamar al objeto poético por su nombre, su viejo nombre, dándole su justo número sonoro, rodeándolo de los resonadores que lo van a hacer hablar, de los adjetivos que prolongarán su cadencia, su vida temporal. Rilke bien lo señaló en Cuadernos de Malte Laurids Brigge: “Para escribir un solo verso, hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, sentir como vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecillas al abrirse por la mañana”. Cada objeto contemplado, cada nombre murmurado, son el punto de partida de un ensueño y de un verso, son un movimiento lingüístico creador.
La poesía es una metafísica instantánea. . Ella debe dar, en un breve poema, una visión del universo y el secreto de un alma, un ser y cosas, todo a la vez. Si sigue simplemente el tiempo de la vida, es menos que la vida; sólo puede ser más que la vida inmovilizándola, viviendo donde se encuentra la dialéctica de las alegrías y las penas. Ella es entonces el principio de una simultaneidad esencial en donde el ser más disperso, el más desunido conquista su unidad.
Mientras que todas las otras experiencias metafísicas exigen interminables prólogos, la poesía se opone a los preámbulos, los principios, los métodos y las demostraciones. Ella rechaza la duda. A lo sumo puede necesitar un preludio de silencio. En primer término, golpeando en los vocablos vacíos, hace callar la prosa o los trinos que dejarían en el alma del lector una huella de pensamiento o de murmullo. Luego, pasadas las sonoridades vacías, produce su instante. El poeta destruye la continuidad simple del tiempo encadenado para construir un instante complejo, para unir sobre ese instante numerosas simultaneidades.
Tiempo, ritmo, armonía, elementos comunes a la poesía y a la música. Poesía y música, dos fragmentos de un solo cuerpo: el espíritu humano.


Saturday, February 07, 2004

1564 Un ejercicio narrativo y filológico

En donde se cuenta mi estancia en una cueva y lo que allí sucedió, cómo se guarneció la cibdad de Barcelona para recibir al Archiduque Rodolfo, mis desventuras para lo ver, y la infortunada noche del Duque de Tierra Santa.

Perseguido era de nuevo, huía de mis captores desde Sevilla, a donde había venido a morar, en el barrio de Triana gracias al gentil hospedaje de don Iñigo Niebla, zapatero, después de mis años de corsario que diré más adelante. Al llegar a Barcelona, el 15 de marzo del año de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo de 1564 años, muy lejos estaba de saber que dos días más tarde conocería a quien iba a trastornar para siempre mi existencia errante hasta esa fausta mañana en que vine a darme de bruces con mi destino. Mi glorioso Emperador tobo de hacernos bien y merced; pasó al largo viaje en coche y a la mar y así pudo venir a estas tierras a hacerse digno de Dios y aprender las industrias de príncipe católico que muy lo era su tío nuestro monarca Felipe el prudente, segundo en nombre. A do llegado Rodolfo hobieron muchas fiestas y torneos y vinieron a le besar las manos los grandes de España y muchos embajadores y fue recebido con muchas alegrías y solemnidad como convenía a un tal archiduque, que así se llamaba entonces. Entre todas aquestas gentes que vinieron a le ver se hallaba aqueste coronista que todavía nada hacía por lo ser bufón ni cercano de quien sería su amo, mas la humana curiosidad me llevó al puerto y le vi montado en su caballo al lado de un su tío; y los dos vitoreados por las muchas personas que allí hicieron cita esa mañana del 17 de marzo para estar cerca de sus reyes que ya se sabe cuán próximos se hallan al corazón de Dios. Cansado había sido el viaje desde Viena y largo como un día sin pan -otrosí fueron seis meses de travesía- hasta encontrarse con esa cibdad embanderada para recibirlo junto con su hermano Ernesto y su rígido preceptor que tanto habría de recelarme en después, Adam de Dietrichstein, a quien mi amo tampoco tuvo nunca en gran estima y que parecía labrador espantado en fiesta de caballeros. A quien sí quiso fue a su antiguo maestro Angerius Ghisliain de Bubeck, otrora embajador en Constantinopla donde había ido a negociar la imposible paz con el Gran Turco.
Días antes de llegar a Barcelona, después de muchas y muy encomiables industrias -fue el viaje por tierra-, estuve en una cercana cueva y lo que allí me ocurrió sí es digno de ser referido en estas páginas que mucho hablarán de magia y de seres no de este mundo como se verá más adelante. Entréme en la dicha gruta con un labrador que hice mi amigo en el arduo camino, Pedro Crespo, pero el tiempo era fortunoso de aguas y resbalamos hacia el fondo, en una demoniada caída con un golpe seco como de saco de cuero de cocina o como cañonazo al aire que saca mucho humo y a nadie hiere; mas nosotros el golpe no nos lo quitamos ni con benjuí. Oigan los que poco saben lo que con mi lengua franca digo del bien que allí se esconde. Incrédulos, escúchenlo, aunque tengan que beberse una bota de más de una arroba de vino de Borgoña -fue lo que yo ingerí a lo ver todo aquesto mas este era de Esquivias o qué se dónde y más sabía a jabón que a vino. Una risa que no era humana nos devolvió a la tierra decolorados, temimos que se tratara del legendario Roque Guinart o alguno de sus amigos o gayones, pocos reales podrían quitarnos pero no así las botas o la fiambrera que Perico venía bien provisto de merienda y ahora se veía malherido; ya se encontraba malmaridado desque su mujer se fue con otro a las Indias en busca de hacienda y esclavos que se la labraran. Quisimos volver a la entrada pero el lodo no permitíalo así que nos adentramos por la tal cueva en busca de la risa que habíamos escuchado, no era tal, sino una curiosa máquina que resoplaba aire aplastando una tripa de cuero hacia un fuego bien encendido que calentaba un gran vaso o mejor tonel de vidrio donde reposaba y bullía una sustancia negra y viscosa que creímos un pedazo de carbón en agua o un trozo de la noche afuera. Vine a saber muchos años más tarde con mi amo Rodolfo, Dios lo guarde en su gloria, el nombre, atanor, de aquesta fábrica que calentaba mejor que hogar en un gran venta o posada que eso vino a ser para nosotros la dicha cueva donde dormimos. Vino luego a despertarme el ruido y di un golpe a mi amigo que viera lo que yo admiraba dentro del mentado frasco. Ya no había ninguna agua negra, sino una muy azul en la que un hombre y una mujer se ayuntaban de sus cuerpos y besaban las bocas. Como se dice en el Libro de Apolonio, pierde la fuerza el que se da a luxuria y el hombre desaparecía tragado por el cuerpo de la mujer que tobo cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas, y envejecían y encanecían los dos muy a prisa y los sus miembros temblaban hasta desaparecer y pasar convertidos en serpiente, o vallena o basilisco, no lo sé. Basilisco, más bien, ya que si la serpiente contempla al hombre vestido se llena de temor y huye y si lo ve desnudo lo ataca. Ya se escribió: “yo pondré enemistades entre ti y ella, y entre los tuyos y el hijo que della ha de nacer tu acecharás su calcañar y ella te quebrará la cabeza”. No así ocurrió en aquesta cueva de mal recuerdo. Dragón, serpiente o culebra, en hebreo Leuitán. Basilisco como dice Alberto Magno, una serpiente luenga de un palmo y algo roja que tiene encima de la cabeza tres puntas de carne a manera de una corona y Plinio llámala peste de la tierra y mal de ventaja y Solino refiere que muerto y colgado en el Templo de Apolo no quedó ave, ni sabandija, ni araña que no huyesse, pero más poderoso veneno es el de la hermosura, porque el basilisco mata mirando y sus ojos a la primera vista pueden hacer que otros ciegos queden. Un basilisco desapareció en el agua que tornóse roja; floja en vapor y hervores y luego vino a ser blanca como leche recién ordeñada o de nodriza sana y robusta para el recién nacido de mujer. Perico Crespo, que recién despertado parecía perro ahorcado o ubre de burra sucia, un mi amigo mudó el seso y quiso beberse el líquido mas no bien colocó sus manos sobre el vidrio el frasco explotó como pólvora de escopeta y diole al instante muerte como veneno en vaso de oro. Aunque se dice en Las siete partidas que la concordia y la amistad mueven a los hombres trastornóme el temor y salí como pude de la cueva dejando a Perico sin sangre y sin vida frente al fuego y ese líquido que no pudo probar y luego supe se le llama acqua vitae, da la salud, aleja la muerte en quienes corren mejor fortuna que el dicho Pedro.
Víneme entonces a Barcelona, muy grande cibdad, con unas cartas de mi huésped el zapatero para Sebastián de Comellas, impresor, que yo tan bien sabía ese oficio, para allí trabajar. Diome posada y alimento esa noche, pero no empleo que ya tenía un ayudante que era mozo y fregón cuando le requería. Esa y no otra razón me llevó al puerto y miré mucho alboroto y hartos guardias en La Mercé y un enorme estrado en la Plaa del Vi como en espera de señores grandes y dióme por preguntar qué era lo que allí aguardaban y qué torneos habrían de librarse en esa plaa. Dijéronme entonces que era por la venida del Rey Nuestro Señor Felipe II y un su sobrino austria, el archiduque Rodolfo. Mejor entonces estar cerca del puerto y contemplar así a esos augustos príncipes y monarcas. ¡O Reyes míos benditos, pues de Dios sois tan amados, sed mi guarda y abogados!, me dije alumbrando lo acaecido en la cueva con mi amigo, que no hay que mentar la soga en casa del ahorcado.
Mi vida ser cual es me causa espanto mas también regocijo, todo lo que mis ojos han mirado y mis orejas escuchado, todo lo que mis labios han hablado para donaire de extraños. Tiempo fue y horas ufanas las que siguieron a aquesta mañana que digo en que encontréme con Rodolfo, mi señor y amo, y vínome alegría. Divisábase desde mi atalaya una galeaza a remo y vela, de tres palos, e setenta y cinco varas de eslora, por cuya escalinata bajaba en un caballo blanco, aderezado y guarnecido, todo oro y paños a cuadros, el archiduque. Un su hermano en un corcel menos vistoso y café lo seguía dos pasos detrás. Las gentes aplaudían y vitoreaban el paso, desde el muelle, de su rey, Felipe, vestido todo de negro con el Tosón de Oro debajo de la golilla de encaje que alargaba su cara y sus ojos pequeños y despiertos para mirar a un su sobrino desembarcar en su tierra, siempre próspera y católica. Doce años tenía el archiduque y ya parecíame rey coronado. Los grandes de España y muchos embajadores se postraban e inclinaban a su paso y otros que así mismo traían sus corceles les seguían hasta la Plaa del Vi donde todo se había dispuesto para el contento de las gentes que allí se habían reunido a las fiestas en su honor. El vulgo y la plebe muy lejos, y los cercanos al rey más cerca del estrado, meninas y pajes con los príncipes jóvenes, don Juan de Austria, hermanastro de Filipo el rey, Alejandro Farnesio un su sobrino de Italia, los herederos, Maximiliano y María. Sentada en una silla muy alta la reina Isabel de la paz, rodeada de damas francesas y seis chambelanes, dos capellanes, tres secretarios, seis lacayos, un bufón que todos aquestos servicios necesita una reina cuando sale de palacio. En estas materias nunca tropieza la lengua si no cae primero la intención y si ahora me viene a mientes todo este batiburrillo de criados y cercanos es tal vez porque he dejado de ser uno dellos. A Felipe el prudente, segundo, lo rodeaban también sus cercanos, el Mayordomo Mayor, Conde de Chinchón y el presidente del Consejo de Castilla, Don Rodrigo Vázquez, que parece mercader de genijibre, el duque de Alba que por su enfermedad iba en una silla de caderas y parecía pato cocido, don Antonio Perez , el Duque del Infantado, El Conde de Fuensalida, hombre liberal y de gran memoria que murió a las tres semanas de su Rey, en el año de 1598 años, Don Ruy Gómez de Silva y Cristóbal de Moura Marqués de Castel Rodrigo, portugués que más parecía borceguí viejo de escudero, el Marques de Velada y Luis de Requesens, el cardenal de Granvelle, de mediana estatura, semejaba cordero mamón de Hontiveros, el Inquisidor General y Obispo de Cuenca, Pedro Portocarrero que parecía cofrade en penitencia o cilicio de San Onofre y su maestro García de Loaísa, y Juan de Idiáquez, que parecía ginovés cargado de deudas, los consejeros de los reinos y muchos validos y secretarios y al final siéntanse en sillas bajas los embajadores y demás nobles que en aquesta fiesta hobieron de estar regocijados y contentos así como sus criados de a pie y sin espada pero todos de cuello escarolado, sayo, calzas y pantuflos o zapatos picados y gorras con plumas de muchos y muy variados colores. Hubo música, alguna digna de recuerdo, como una pieza de Francisco Guerrero y danzas y otras suertes y torneos como suelen hacerse en tales fechas sin menoscabo de los aposentadores de camino y demás lacayos y escribanos de cámara porque los reyes pueden comunicarse en secreto con los ministros y criados familiarmente, sin aventurar reputación; mas en público, donde en su entereza y igualdad está apoyado el temor y reverencia de las gentes, ni con validos ni hermanos, ni padre ni madre ha de haber sombra de amistad porque no son capaces de igualdad con ninguno y va en detrimento del amor que las gentes les tienen. Nunca se vio fiesta más buena. Por toda la cibdad, en filas, hombres armados, en caballo y a pie, con estandartes de diversos y muy vistosos colores subían y bajaban por las calles; séquitos de caballeros, palios, cuellos adornados con cruces de oro como no se ven nunca, tabernas repletas con hombres que beben y se hartan y muestran los dientes que les quedan en sus bocas. No cabía un alma, las callejuelas a reventar, una muchedumbre que impedía avanzar; había tablados en las plazas, adornos de guirnaldas con emblemas y arcos triunfales; pendían de los balcones divisas, imágenes del rey y de sus glorias pintadas con industria y no poco ingenio; blasones de las familias de valía, leones, águilas, torres y castillos, ríos y flores.
-¡Paso al duque de Tierra Santa!, ¡paso a don Gil Olmedo Méndez valido de la pena y la misfortuna!, -me desgañitaba golpeando con los brazos a los bobos que no se apartaban a mi paso cuando un caballero a caballo, bien armado y mejor vestido me gritó:
-¡Quita, truhán, duque del retrete! – y vino a hacerme caer entre las patas de su animal mientras él, vestido con cuello y capa y calzas atacadas, reía y el caballo me pisaba hasta malherirme y magullarme el cuerpo y sacarme verdugones en el rostro.
Empero, basta de discursos que se está haciendo tarde aqueste día que cuento y debo regresar a la posada donde me alojo, en las afueras, que le llaman al lugar Portal de San Antoni. Espero tener dueña y calor en mi cama, me digo mientras dejo atrás las fiestas sin pensar que seguiré tiempo después a Rodolfo el segundo, por sus muchas desventuras y lejanos países aun sabiendo con la Clericalis que los reyes son semejantes al fuego, si te acercas a ellos te quemarán y alejados dellos frío tendrás. Caminé a mi posada; en casa de hembras consuelo hay para caballeros muy trajinados; había quedado con una moza, Bernarda para más nombre, a la noche, olvidado del Sendebar y de que los engaños de las mujeres no tienen cabo ni fin, otrosí gran consuelo para mi tormento.
paloug@yahoo.com




1. Escribir para recapitular, para revivir, aún a sabiendas de que en realidad todo acto memorístico es una ficción. Escribir para reinventar, si acaso vivir es inventarse. Toda la clave, entonces, está en encontrar un registro, un tono desde el que iniciar la aventura.
¿Un punto de vista? No necesariamente, el narrador –incluso en esta suerte de autobiografía precoz y diario íntimo- debería ser dueño de una mirada múltiple, de una peculiar casa de los espejos que le permita diversificar las atalayas desde las que ve y desde las que se ve.
¿Desde dónde se habla? O, mejor, como afirman con pedantería los profesores, ¿qué instancia de enunciación asume la voz del yo memorista? Por ello Pascal hablaba del aborrecible yo. Quiere ser el centro de todo, en un egoísmo supremo y es aborrecible para los otros porque desea sujetarles, poseerles, cada yo es el enemigo y quisiera ser él, el tirano de los otros.

Lo privado se ha vuelto totalmente público, lo banal objeto de la mirada de voyeur del hombre sin atributos del siglo XXI. Un programa televisivo español –versión condensada de The Truman Show- permite ver a once o doce individuos dentro de una casa con cámaras en cada uno de sus rincones –incluidos, por supuesto, el baño y las alcobas- y estos actores-reales sólo realizan el papel de vivir y amueblar las horas que le restan a su duelo. Los chats en internet permiten el más total de los anonimatos –uno puede ser cibertravesti por unos minutos- y la más total de las intimidades, justamente porque ambos –el programa de TV y los chats- han logrado que no exista forma alguna de contacto. La intimidad aséptica, podría decirse: no hay peligro alguno, se apaga la televisión o se sale de la red electrónica y uno vuelve al gran teatro del mundo –no ya el de Calderón, sino el de las confundidas historias de nuestra vulgar mendicidad que prefiguró Franz Kafka
¿Espiamos realmente al introducirnos en la casa de cristal –falllido experimento chileno en el cual una mujer podía ser vista por todos en una casa de vidrio haciendo su vida cotidiana- o simplemente reducimos a tal grado la vida que sus gestos más nimios y los más representativos adquieren el mismo valor: no valen ya nada?
Estas reflexiones vienen a cuento al leer la novela Disgrace de J.M. Coetzee, el espléndido escritor sudafricano nominado al Premio Nobel y hoy ganador por segunda vez del afamado Bookers Prize inglés que otorgan año con año los libreros del Reino Unido al mejor libro. La historia es, sólo en apariencia, simple, un profesor de 52 años divorciado por segunda ocasión y que es movido por el deseo –pero carece de pasión- seduce a una de sus alumnas y es expulsado de la Universidad por un comité de salud pública. A partir de allí –y en una visita a su hija que vive en el norte del país en una granja- la novela adquiere un tono de violencia soterrada que es en realidad la verdadera apuesta de Coetzee. Son asaltados en la granja y la hija violada queda embarazada y decide tener el hijo. En un universo multiracial enfrentarse a los hombres que la ultrajaron significa desaparecer. El profesor Lourie regresa a la capital para encontrarse con que su casa ha sido robada y saqueada sin misericordia. Sin embargo lo que asombra en el personaje es su condición de Bartelby –el personaje de Melville que se niega a actuar y repite insistente, preferiría no hacerlo- ante un tribunal de salud pública que intenta sacarle una declaración de defensa en la Universidad. Lourie se niega a contestar, se solaza en el silencio y sólo responde, sin haber leído la acusación, que todos los cargos que la estudiante ponga contra son verdad. El silencio es un derecho, el de no contaminar su vida privada con el escándalo público o, peor aún como en la Revolución cultural de Mao, en una retractación pública. Meses después, frente al padre de la muchacha que lo increpa con violencia: “No vale sólo una disculpa, profesor, ¿qué enseñanza extraemos de todo esto?”, Lourie confiesa, al fin, en privado y se disculpa con la familia. El título de la novela, entonces, no podría ser más adecuado: Desgracia, el estado en el que vivimos todos –hombres y mujeres del siglo XXI- ante el avasallamiento del poder público. Hoy ya no se necesita –como en los antiguos regímenes soviéticos- un vecino policía que me denuncie: todos nos miramos a todos y nuestras vidas personales, por valer lo mismo terminan por carecer de valor alguno.
Dickens decía que Caperucita Roja había sido su primer amor, cuando las experiencias literarias eran experiencias colectivas, sociales, compartidas. Hoy nadie ama a un personaje de cuento, carece de la carne de la realidad, de la blanda consistencia de la nada de la que todos estamos hechos

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